18 de octubre de 2017

E. Wharton: Las hermanas Bunner

Edith Wharton: Las hermanas Bunner. Contraseña Editorial. Traducción de Ismael Attrache. Prólogo de Soledad Puértolas.


Vaya por delante una mención al magnífico trabajo de edición volcado por Contraseña. Confieso que no he querido marcar mi lectura con lapicero alguno para no estropear la belleza y pulcritud (papel magnífico, escasas erratas) con que sus obras salen de imprenta.

Las hermanas Bunner fue una obra temprana en la producción literaria de Edith Wharton (1862-1937). Escrita en 1892, no fue publicada hasta 1916 en el volumen Xingu and other stories, del que Contraseña ha extraído y dado a conocer por separado algunos de sus títulos. Constituye un relato atípico de Wharton, en el que aparece la Nueva York pobre y no el mundo rico y aristócrata que con tanta sutileza y penetración dibujó la autora en otras obras.

Este punto es relevante, pues con frecuencia olvidamos que en Nueva York, por encima de su cosmopolitismo, una gran parte de sus habitantes vivía sumergida en el ambiente pacato y provinciano importado desde sus tierras natales europeas. Algo, sin embargo, sí era notoriamente diferente: el anonimato y la salvaguarda de toda vida anterior que la nueva urbe ofrecía a sus habitantes, pues cada recién llegado comenzaba de cero.

Ann Eliza y Evelina son las hermanas Bunner. Llevan una vida frugal y recogida desde su pequeña mercería, negocio que les procura el sustento y las escasas relaciones sociales con las que cuentan. Su rutina consiste en atender la tienda, cuidar una de la otra y ver pasar los días sin albergar grandes aspiraciones.

Pero esa existencia monótona se ve alterada de pronto por la aparición de un reloj. La persona a quien la hermana mayor compra ese objeto pasa a formar parte de sus vidas trastocándolo todo: primero, los anhelos de las hermanas; después, su situación presente; para terminar marcando a fuego su completo porvenir.

Detrás de los hechos, detrás de las apariencias, la mano de Wharton nos muestra esa trastienda secreta que almacena las contradicciones del ánimo y los más profundos sentimientos de las hermanas. Nos las acerca emocionalmente como si las tuviéramos en un cuarto de nuestra propia casa, preparando con nosotros sus tazas de té.

Objetos y personas pueden perderse de un día para otro. Costumbres y tradiciones también, aunque, en general, perezcan a un ritmo más lento. Cuánto ha cambiado el mundo en poco tiempo. El cortejo y sus normas rígidas, la vigilancia y aprobación familiar de las relaciones amorosas, la vulnerabilidad absoluta de la reputación femenina, la difícil subsistencia. Pobres mujeres, en qué desolación y desamparo transcurre su vida. La estrechez económica, tener restringidas tantas y tantas oportunidades de trabajo, no tener para un sencillo vestido ni para un mondo billete de tren urbano; terminar pagando con infortunio lo decidido antes con optimismo e ilusión.

La agitación para el lector es innegable cuando en varios momentos del texto todo cambia en pocas páginas. La congoja de ver a la hermana mayor absolutamente sola buscando trabajo inútilmente duele de forma terrible. Crear imágenes simples pero difíciles de olvidar es un don poco corriente en literatura, perteneciente a escasos maestros. En este caso, a Edith Wharton.

La conclusión, en su oscura dureza, es clara: no sabemos qué ocultan los desconocidos, e ignoramos las consecuencias que un acontecimiento en apariencia dichoso acarreará. Las cosas pueden ir siempre a peor, luego… a lo mejor todo está bien como está. Una desazonadora y sombría reflexión que invita, sin caer en moralinas, a reconsiderar con ahínco aquellas decisiones tomadas de acuerdo a la norma social.

Antes de cerrar la reseña, aprovecho para recomendar la pieza breve Xingú, también de Wharton, posterior y de muy distinta naturaleza, traducida por Pepa Linares, prologada por Eva Puyó y con ilustraciones —maravillosas— de Sara Morante. Fin.


* Esta reseña apareció publicada este mes de octubre en Las Críticas: http://lascriticas.com/index.php/2017/10/09/las-hermanas-bunner-edith-wharton/

1 de octubre de 2017

M.A. Clark Bremer: Los antepasados

Mary Ann Clark Bremer: Los antepasados.
Periférica. Traducción de Hugo Bachelli.


«Conservo sólo la memoria y la impresión de lo amado con fiereza».

Es la quinta obra que reseño de Clark Bremer, esta serie exquisita suya de cuadernos impregnados de lirismo.

Desprovista de lazos cercanos, la autora apura el tramo de vida que le queda. Con voz serena evoca a algunos ascendientes y especula sobre el vacío que dejaron sus secretos.

La palabra que nunca desentona. La sencillez y libertad que otorgan una amplia cultura y el haber llegado al fondo de uno. En cada párrafo, un sortilegio.

Me pregunto qué supuso para Hugo Bachelli traducir estos cuadernos. Dónde y cómo fueron escritos, qué gesto mantenía Clark Bremer sobre sus páginas, cómo se encadenaban sus memorias.

Pepe y Leonor, Sevilla, 1940

La familia, ¿lastre o suerte? ¿Cuánto pesa, en la vida de uno, un antepasado? Los que más me interesaron fueron siempre quienes no llegué a conocer: la abuela que me dio nombre; los que emigraron a América; el tío-niño estrellado contra un muro; el atleta; el epiléptico. Los muertos no se eligen. No hacen ruido. No molestan.

Familiares rumbo a América, 1926

Al devolver el libro al estante encuentro allí su copia exacta, ordenada junto al resto de títulos de la autora. Sin duda compré esta obra dos veces, pero no lo recuerdo.

Pronto nos convertiremos en antepasados de seres más recientes. Clark Bremer no tuvo hijos. Sus cuadernos equivalen a dejar descendencia.

Postal desde Río de Janeiro

23 de septiembre de 2017

I. Bono: Pan comido

Isabel Bono: Pan comido.
Bartleby Editores. Prólogo de Juan Pardo Vidal.


«Si el mar es el mismo, ¿por qué no descanso?».
«No te pares, dijo, porque moverse sostiene».

Lo empecé descentrada, al sol de julio, en un escenario lúgubre: casa grande, miedo grande, tú en la sombra, esperanza chica.

La larga nostalgia. El corto verano. Los inmensos títulos. Bono escribe consciente de la irrealidad que construye, y por ello precisamente convence. Un relato recordado, fiel a los hechos (quizá), pero ante todo, creado a golpe de pulsión poética y autoconocimiento. 

Racionalidad y visceralidad se enriquecen y desmiembran mutuamente. Afectos revueltos, irresueltos. Revelaciones. Representaciones que escuecen.

«Si supieras qué absurda me parece esta sombrilla 
y estas estrellas (de mar) movidas por ningún amor.
Qué absurdas esas risas
el calor y los filtros solares.
Yo quería tormentas, no este sol espléndido».

Vivir es el juego más extraño. Aquel en el que las leyes de la probabilidad revientan, por el centro y los costados, el tablero. En cada casilla, un fantasma. Los saltos del dado vertiendo venenos.

Puede que Pan comido sea, como indica Pardo Vidal, un libro sobre el amor. Amar es un arte, y su acción creadora deja aquí su rastro en forma de texto. La intransferible, compleja experiencia del amor: «Algo falla, lo noto: te costó convencerme de que éramos felices». Su difícil engarce: «Tú piensas en algo. Yo pienso por escrito». Sus desesperaciones: «Mis neuronas, […] / no entienden por qué sólo una vida / y por qué precisamente sin ti». Su base endeble: «Sólo se puede querer si crees a ciegas que te quieren».

Qué aburrido, vivir sin crear, me digo.

¿Y crear sin vivir? ¿No lo es más?

13 de septiembre de 2017

V. Woolf: Orlando

Virginia Woolf: Orlando.
Alianza Editorial. Traducción de María Luisa Balseiro.


Hoy me siento masculina. Me ajusto unos pantalones, me calzo unas botas planas y vierto, sobre mi cuello, un perfume andrógino y literario, hijo natural de este libro. Fin de preámbulo.

Woolf, Virginia. Como ensayista, hay pocas autoras a las que admire más. Estilo, lucidez, perspicacia. La viveza de juicio por encima de todo. Hablar siempre con conocimiento de causa.

Orlando, el relato. Una biografía rara, un divertido juego intelectual y narrativo. Más de trescientos años de existencia transforman al protagonista (hombre, al inicio) en mujer. Sin perder su amor a los libros ni su torpeza innata, Orlando conquista una naturaleza cada vez más lechosa y diluida. ¿Qué es lo definitorio en Orlando? ¿Su volatilidad? ¿Su reírse de todo? ¿Sus eternas dudas? ¿Su —desprovista de todo plan— transformación? Que opine cada cual.

«La transacción que ha de hacer un escritor con el espíritu de la época es infinitamente delicada, y de un buen acuerdo entre los dos depende la fortuna de sus obras». En 2017, algunas partes (capítulo 4) se hacen largas. Pero es fácil comprender las palabras de Woolf, el riesgo asumido en 1928 al publicar una novela como Orlando.

Aliada me siento (a Woolf y a Alianza). Seguiré apurando lecturas (hasta el final de mi vista).

6 de septiembre de 2017

S. Montobbio: Desde mi ventana oscura


Santiago Montobbio: Vanuit mijn donkere raam/Desde mi ventana oscura. Editorial Piaam. Edición bilingüe español-neerlandés. Traducción y edición a cargo de Klaas S. Wijnsma.
                

«La ciudad que nadie ve, y es la más grande,
es en la que trabajan y están condenados
a ser siempre iguales
todos mis nadies».

Escribir para envolver la sombra y enhebrar (alguno de) sus hilos.

Poema, palabra, ventana. La vida como horizonte y fluir. Como semilla y campo de todo sentimiento.

Luz, hábitat, alféizar. El deseo de amar. Oleaje-sufrir. Caudales que remontan toda gravedad. Aguas profundas bajo el suelo desierto.

En 2009 Montobbio retoma la escritura tras veinte años de silencio. Desde mi ventana oscura recoge una muestra de obra anteriormente publicada. En el país de la normalidad, Klaas S. Wijnsma creó la editorial Piaam para dar a conocer esta selección de poemas. En la empresa no constan más títulos hasta la fecha.

Página setenta y dos:

ÚNICO MOTIVO (Y VERDADERO) DE MI SILENCIOSA, CONTINUA RETIRADA

Me aplaudían, y nada hay más molesto.

4 de agosto de 2017

J. D. Espejo: id


José Daniel Espejo: id.
Planeta Clandestino. Ediciones del 4 de agosto. 


Yo creía que tenía un poemario titulado Idos pero no, ni idos ni iros, y ni siquiera el verbo ir: i-de; id. Se terminó de imprimir hace justo un año y se tiraron 300 ejemplares.

Aunque se trate de un cuaderno de poesía, viajo por primera vez con un libro dentro de otro —más grueso— como equipaje de mano. Las restricciones de las aerolíneas (¡un solo bulto!) promueven la picaresca.

Hay un más allá y un más abajo en estos poemas. Algo que, sobrevolando las corrientes cotidianas, pesa. Amalgama de herrero o masilla de albañil. Id como quienes no llegamos a ser. Como la profundidad-simpleza nuestra.

Elijo DÍA DE DIFUNTOS por vincularse con Mal (Balduque, 2014) y con la biografía del poeta:

El Día de Difuntos
la gente compra flores
y sube al cementerio
y pronto falta espacio
para aparcar.

Otros escuchan
un claxon a lo lejos.
Este dolor, se dicen,
es mío. Y aquí vive.
Y aquí se va a quedar.

Y cierran la ventana,
por si acaso.

VERANO, de Manuel Machado, hace de colofón del cuadernillo y (dadas las fechas) de esta microcrítica. No sin antes preguntarme qué demonios ocurrió ese 4 de agosto —tal día como hoy— de las ediciones logroñesas.

16 de julio de 2017

Historia de una microcrítica


Tres párrafos
que se convierten en uno
que se hace una línea
y luego una palabra
que desaparece
de la misma forma
en que se creó.

28 de junio de 2017

N. Ginzburg: Y eso fue lo que pasó

Natalia Ginzburg: Y eso fue lo que pasó.
Acantilado. Prólogo de Italo Calvino. Traducción de Andrés Barba.


«Pensaba que en mi vida no había hecho otra cosa que mirar fijamente en aquel pozo oscuro que había en mi interior».

Cuesta volver a escribir. Cuesta volver a casi todo lo que se abandona.

Y eso fue lo que pasó fue la segunda novela de Ginzburg (È stato cosí, en el original). La publicó en 1947, tres años después de que Leone, su primer marido, muriera torturado en Roma. A él va dedicado el texto, cuya brevedad no ahorra desesperación ni penumbra.

«Intentaba escribir a pesar de mi infelicidad, sin dejar que enturbiara las cosas que escribía. Aunque para llegar a ese punto es necesario que la infelicidad sea en nosotros una conciencia absoluta, inexorable y mortal», dijo la autora años más tarde sobre esta obra.

Después de cuatro años de matrimonio, una mujer (protagonista de la que no llegamos a saber el nombre) mata de un disparo a su marido. Desde la mesa de la cocina de casa, en el cuaderno de la compra, se convierte en narradora de los años previos al homicidio.

Los sentimientos fluctúan sin que alcancemos a entenderlos: ni los propios ni mucho menos los de los otros. Se repiten los errores como se repite el cansancio de vivir. Descubrir qué carga nuestro fuero interno no es fácil. La confrontación con la verdad sucede de manera continua y dolorosa, a menudo sin que resuelva nada.

«Y eso fue lo que pasó», afirma la amante del marido.

Ginzburg, con su paleta de genio, pinta, lúcida, una obra amarga.