4 de agosto de 2017

J. D. Espejo: id


José Daniel Espejo: id.
Planeta Clandestino. Ediciones del 4 de agosto. 


Yo creía que tenía un poemario titulado Idos pero no, ni idos ni iros, y ni siquiera el verbo ir: i-de; id. Se terminó de imprimir hace justo un año y se tiraron 300 ejemplares.

Aunque se trate de un cuaderno de poesía, viajo por primera vez con un libro dentro de otro —más grueso— como equipaje de mano. Las restricciones de las aerolíneas (¡un solo bulto!) promueven la picaresca.

Hay un más allá y un más abajo en estos poemas. Algo que, sobrevolando las corrientes cotidianas, pesa. Amalgama de herrero o masilla de albañil. Id como quienes no llegamos a ser. Como la profundidad-simpleza nuestra.

Elijo DÍA DE DIFUNTOS por vincularse con Mal (Balduque, 2014) y con la biografía del poeta:

El Día de Difuntos
la gente compra flores
y sube al cementerio
y pronto falta espacio
para aparcar.

Otros escuchan
un claxon a lo lejos.
Este dolor, se dicen,
es mío. Y aquí vive.
Y aquí se va a quedar.

Y cierran la ventana,
por si acaso.

VERANO, de Manuel Machado, hace de colofón del cuadernillo y (dadas las fechas) de esta microcrítica. No sin antes preguntarme qué demonios ocurrió ese 4 de agosto —tal día como hoy— de las ediciones logroñesas.

16 de julio de 2017

Historia de una microcrítica


Tres párrafos
que se convierten en uno
que se hace una línea
y luego una palabra
que desaparece
de la misma forma
en que se creó.

28 de junio de 2017

N. Ginzburg: Y eso fue lo que pasó

Natalia Ginzburg: Y eso fue lo que pasó.
Acantilado. Prólogo de Italo Calvino. Traducción de Andrés Barba.


«Pensaba que en mi vida no había hecho otra cosa que mirar fijamente en aquel pozo oscuro que había en mi interior».

Cuesta volver a escribir. Cuesta volver a casi todo lo que se abandona.

Y eso fue lo que pasó fue la segunda novela de Ginzburg (È stato cosí, en el original). La publicó en 1947, tres años después de que Leone, su primer marido, muriera torturado en Roma. A él va dedicado el texto, cuya brevedad no ahorra desesperación ni penumbra.

«Intentaba escribir a pesar de mi infelicidad, sin dejar que enturbiara las cosas que escribía. Aunque para llegar a ese punto es necesario que la infelicidad sea en nosotros una conciencia absoluta, inexorable y mortal», dijo la autora años más tarde sobre esta obra.

Después de cuatro años de matrimonio, una mujer (protagonista de la que no llegamos a saber el nombre) mata de un disparo a su marido. Desde la mesa de la cocina de casa, en el cuaderno de la compra, se convierte en narradora de los años previos al homicidio.

Los sentimientos fluctúan sin que alcancemos a entenderlos: ni los propios ni mucho menos los de los otros. Se repiten los errores como se repite el cansancio de vivir. Descubrir qué carga nuestro fuero interno no es fácil. La confrontación con la verdad sucede de manera continua y dolorosa, a menudo sin que resuelva nada.

«Y eso fue lo que pasó», afirma la amante del marido.

Ginzburg, con su paleta de genio, pinta, lúcida, una obra amarga.

24 de mayo de 2017

Mi padre es mi madre y mi madre es mi padre



«Mi padre es mi madre y mi madre es mi padre». Se lo decía a otras niñas sin entender mucho de géneros y roles. Decía lo que sentía: era mi verdad. Qué modelo de madre pudo tener mi padre, que perdió a la suya a los 11 años, no lo sé. De niña recibí de él su cariño protector, y un mar de emociones que todavía arropo con el nombre de ternura. A cambio yo le brindaba mi amor incondicional. Que mi padre muriera era el más terrible de los pensamientos, mucho peor que el de mi propia muerte. Supongo que esta relación paternofilial condicionó de por vida mi trato con los hombres: siempre he tenido buenos amigos, amigos verdaderos varones. Sin esa huella masculina, mi biografía sin duda sería otra, más pobre.

Mi madre. Universitaria, formada, mi madre representaba la fuerza y la razón. Empujada por las circunstancias, renunció a tener un empleo fuera de casa, aunque a mis ojos su imagen quedaba lejos del corsé tradicional, esa casilla viciada de los formularios escolares que de continuo preguntaba: «¿Profesión?», y en la que la mayoría de las niñas de mi generación escribíamos: «S. L.» (sus labores). Por suerte, las aficiones de mi madre siempre fueron más allá de lo doméstico —para ella, una jaula y una trampa—, y el legado de esta actitud suya, de aprecio hacia la vida exterior (cultural, sobre todo), ha sido bastante mayor del que ella imagina.

Lo arriba escrito son las primeras palabras amables que en mi ya larga existencia le dedico. Si las lee, se sorprenderá, pues mi talante para con ella ha estado siempre marcado por un gran —e inquebrantable— criticismo.

De mí como madre no puedo hablar, uno a sí mismo no sabe (¿no debe?) describirse. Quienes mejor nos describen son los otros, por lo que tendrán que hacerlo mis hijos. No tengo idea del tipo de madre que para ellos soy o qué recuerdo dejaré en ellos. Los quiero, los cuido y hago lo que puedo por guiarlos. Crecen lejos de mi lengua y mi cultura y soy consciente de que ello me empuja a habitar un segundo plano (un plano inclinado) en su crianza. Los primeros años fueron muy duros. Hubo momentos de tremendo cansancio y de aburrimiento fiero y atroz. Llantos, comidas, pañales, viajes, desvelos, esperas. Necesidades básicas que no dejaban espacio para nada más. No poder cultivar la vida interior (intelectual y sensorial), trajo consigo (¡trae aún!) dosis notables de sufrimiento. Ellos lo saben. Van comprendiendo. No somos buenos o malos. Somos complejos.

Los humanos somos la especie en menor peligro de extinción y la que más amenaza nuestro planeta. Reproducirse debe ser una opción (una opción sometida a ciertos límites biológicos y, según qué casos, también éticos), nunca una obligación. No me arrepiento de haber tenido hijos, pero me alegro de que crezcan. Y podría haber sido feliz sin ellos.

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*Este texto fue publicado este mes de mayo en la revista Las Críticas: http://lascriticas.com/index.php/2017/05/12/mi-padre-es-mi-madre-y-mi-madre-es-mi-padre/

12 de mayo de 2017

Andanzas: Neruda y Pablo

Enrique Robertson: La pista "Sarasate".
Gobierno de Navarra. Dpto. de Cultura y Turismo. Institución Príncipe de Viana.


Jan Neruda, Jan Neruda. ¡Nada de Jan Neruda! Érase una vez...

Delicioso ensayo. 83 páginas. Su autor, Enrique Robertson: chileno, residente en Alemania, médico psiquiatra. Publicado por un gobierno de provincias. Alcance de la tirada: incierto.

Neftalí Reyes. Martín Melitón. Lady Halle. Sherlock Holmes. De pequeña quería ser detective. No tanto por resolver enigmas, sino por destapar la interconexión en que nadamos. Ver cómo lo ínfimo lleva a lo grande; lo casual a lo causal; cómo el silencio expresa lo que calla la palabra.

¡Chhhssst! Es cruel contar más. Den ustedes con el libro, deshebren el trazo del hilo dibujado. Internet provee el camino fácil: XXXXX. Pero recuerden: pueden saltárselo.

14 de abril de 2017

Andanzas: Don Quijote de Manhattan

Marina Perezagua: Don Quijote de Manhattan (Testamento yankee).
Los libros del lince/Lince Ediciones.


Perezagua nació en Sevilla y vive en Nueva York, escenario de esta historia que transcurre en «la más salvaje selva: Manhattan». En los últimos años ha publicado dos libros de relatos (Criaturas abisales, Leche) y la novela Yoro (premio Sor Juana Inés de la Cruz 2016), todos ellos con Los libros del lince.

Don Quijote y Sancho, emergidos sin que importe cómo en el siglo XXI, transitan por la ciudad de los rascacielos con La Biblia, sus galas antiguas (modernizadas primero, luego reducidas a puros cueros) y el zurrón de ideales que el Caballero de la Triste Figura y su escudero portaban ya en tiempos de Cervantes.


Febreros al cierzo. Caballo Blanco (Pamplona)
La joven Dulcinea la reemplaza Perezagua sabiamente por Marcela, aquella pastora bella y libre del relato cervantino, convertida aquí, en la ciudad donde todo es posible, en la Torre de la Libertad, la más alta de la urbe, la «reina de la hermosura» de la Zona Zero.

Nada resulta impropio en esta novela de cronología rota y simpar, pues en su universo mundo todo se armoniza. «Una buena historia, mi gran Sancho, es como el big bang, donde el universo es la historia, y cada estrella, cada planeta, cada átomo del cuerpo humano, cada piedra están contenidos en un todo desde el comienzo».

La literatura es, ante todo, música, sonoridad (opinión personal). Sin ella, sin encontrar el adecuado ritmo propio, un texto se hunde. Me parece difícil escribir Don Quijote de Manhattan sin un oído curtido, que imagino fruto, en parte, de la formación musical sólida de la autora. Tampoco, sin embargo, puede escribirse esta novela sin atravesar a corazón abierto nuestro desajustado mundo. «Sólo Troya ardió por Helena, ¿y luego? Luego ya ninguna otra persona valió más que el poder sobre las cosas. Cosas, cosas».

Consuegra, provincia de Toledo

Estamos ante una oda al «libro de los libros», ante un disparate muy cierto, de radiante riqueza lingüística, vivo romanticismo y exquisita oralidad. Don Quijote y Sancho hablan como en su siglo de antaño, pero nada desentona y todo resulta creíble dentro del vigoroso narrar. De principio a fin, la sincronía marca el curso del relato. Puro oleaje que vuelca belleza sobre unas páginas tan suaves como el lomo de un equino. 

Solanos de marzo: Castillo de San Servando (Toledo)

Conmueve este Don Quijote. No lo llamaría yo versión sino Don Quijote a secas. Compasión, coraje, imaginación... en la naturaleza de estos personajes no hay otra cosa sino nobleza, aliento incombustible, ingenuidad, bondad. «No te avergüences, Sancho amigo, de quererme como yo te quiero a ti, pues es propio de caballeros tener el corazón encendido, y así como la lluvia no puede apagar el amor, mucho menos podrá apagar la vida del que ama. Ama conmigo, buen Sancho, ama conmigo y viviremos». «¡El amor es vida, Sancho! Y para hablar del amor, hay que crearlo, no recrearlo».

Qué versátil y arrollador talento el que dispersa Perezagua. Mestiza, desraizada, hecha a sí misma libre y otra. «...cuán bello es este mundo, y cuán necesario es que todos podamos entendernos».


*A Eduardo.

22 de marzo de 2017

A. Kristof: No importa


Agota Kristof: No importa.
El Aleph Editores. Traducción de Julieta Carmona Lombardo.


«Afuera, en el exterior, no había nada.
Gritos, estrellas, y nada más. 
Y todo aquello era descolorido como una bofetada».

Para conseguir estos cuentos tuve que hacerme socia de una biblioteca en mi lejana ciudad natal y desplazarme a un pueblo de sus alrededores.

—Busco No importa, de Agota Kristof. No lo encuentro en la sala. ¿Lo tienen?
—Sí que está. Pero hay que bajarlo del parnaso.
—¿Del parnaso?
—Del piso superior. Ahora se lo traigo.

Escribir sobre esta autora resulta más fácil que muchas otras cosas, como por ejemplo, conducir o educar hijos. No importa reúne veintiséis relatos de Kristof (1935-2011). Fueron publicados por El Aleph en 2008 y no han vuelto a editarse, lo cual es una lástima.

Kristof, invariablemente, parece divertirse. En sus páginas todo está permitido. El lector se expone —desde el inicio y como en la vida— a la posibilidad de lo terrible. Lo inesperado brilla e irrumpe para quedarse, y esto no hay por qué entenderlo: las razones no existen.

«Los vencidos encajaron los golpes sin devolverlos. Pero se volvieron malvados».

Quizá una de las claves de la literatura de Kristof sea la presencia de la parte oscura y su avenencia con otras realidades. Kristof retira el velo al fantasma que vive en nosotros y lo incorpora a la veracidad del relato. Esta fusión sí importa. Sale de cada poro de nuestra piel. Qué irrisorios, parece decirnos la autora. No han entendido nada de la vida. Siguen golpeándose el pecho, con sus preguntas.

Sus personajes pueden sentirse infelices pero no resultan especialmente atormentados. Alguien les ha extirpado la culpa como el dentista extrae el nervio de una pieza dental. Ciudades, calles, casas, trenes, raíles. Desesperanza, padres muertos, hijos abandonados. Vidas brutas y crueles. Kristof arroja a escena sus pociones y desaparece, distraída. Nos quedamos retenidos en la atmósfera tensa y anómala de sus historias.

Mientras imprimían mi carné, reconocí en la biblioteca a una antigua vecina. A su lado caminaba un adolescente: el rostro suave de la madre, los andares del padre. Aquel padre que una tarde de hace ya bastantes años arrancó de cuajo —al son de sus golpes— la puerta de casa de su (entonces) novia.

«Lo único que puede dar miedo, que puede hacer daño, es la vida y tú ya la conoces».

11 de marzo de 2017

H. G. Navarro: La vuelta al día

Hipólito G. Navarro: La vuelta al día.
Páginas de Espuma. Prólogo del autor.

 

Hay veces en las que una no quisiera escribir texto alguno sobre libro ninguno sino abrazar a su autor, como es el caso; y expresar, con una mirada, aquello que tan torpemente adquiere forma de palabras.

Cada mochuelo a su olivo, cada pájaro a su nido, cada sardina a su mar. En el frío del invierno, me arrimé a este braserillo —de páginas de picón—. Con un mantón claro avivé su fuego. De su lumbre escaparon paisajes, héroes, glorias y memorias. También alguna intrépida «nota azul».

Se escribe desde lo que se es, desde donde se está, con lo que se tiene. Que la literatura encuentre luego su puente. Máscara sin máscaras, La vuelta al día es brasero, camilla y faldón. Escribir es jugar con las piedras (y peñas) del camino. Voltearlas. Empujarlas. Asestarles pequeños puntapiés.

Salvo para unos pocos, no hay pureza ni virginidad en el acto creativo. Una primera vez no se muestra, no se exhibe. Cervantes corregía mucho. Gould aspiraba a la máxima intensidad a través de repeticiones y modificaciones infinitas. Leonardo cavilaba días sobre la dirección de su siguiente pincelada. Etcétera.

Se lo piensa este cuentista a la hora de ofrecer lo mejor de sí mismo a quien acoge sus libros. Eso se aprecia. Se aprecia y está bien.

1 de marzo de 2017

C. Peri Rossi: Las replicantes

Cristina Peri Rossi: Las replicantes.
Ediciones Cálamo.


«Nadie sale de la guerra / ni del amor / ilesa».

Si algo me gusta de la lengua española son sus vitales sonoridades. Cristina Peri Rossi fue mi mundo descubierto después de la universidad, en un curso sobre escritoras en lengua castellana cuyos apuntes aún conservo. Recuerdo una intuición (su rumor) en el oído: «Percibe, ábrete, escucha; no será una escritora más —alguien más—; querrás leer su obra entera; cambiará tu interior como no imaginas».  

Decir cuántas vueltas da la vida sería pisar sitio falso —por común—. Lo común no existe. Mejoremos la expresión: empujones insólitos, mordeduras inesperadas, cortes en carne viva.

Las replicantes son poemas enlazados con amor verdadero: cavando tragedia y ventura, formando túneles hacia el deseo, el recuerdo, el entorno, la réplica, la ausencia. Poemas hondos y directos: tanta vida duele, nos duele. En la otra cara: la ironía, el humor. Reír como otra forma de ser quien somos.

Peri Rossi es uno de los genios vivos de la literatura en español, una de las autoras más completas en nuestra lengua cervantina y una digna merecedora de todos los reconocimientos. Como genio, carece de edad: vive en su arte y en la materia que lo impulsa: la vida y sus bajos fondos, sus insondables alturas, sus avenidas, sus callejuelas. La intensidad es la espina dorsal de la obra perirrossiana, su gran aorta oxigenada. Ella misma expresa su extrañeza respecto a la ofuscación exterior:
 
«Hay gente que para sentir algo / necesita una tormenta —pensé— / algo brutal / algo instintivo / algo emocionante / como un Parque de atracciones / o el funicular del Tibidabo».

Si supiera qué iba a escribir, no escribiría, afirma Peri Rossi. Actitudes, condicionamientos. Me pasa lo mismo con cada cosa que hago.

Me gustaría decir:

No sé si tengo el alma para grandes trotes.

Puesto que he vivido.

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*Este texto apareció el 1 de marzo en la revista Las Críticas: http://lascriticas.com/index.php/2017/03/01/las-replicantes-de-cristina-peri-rossi/