13 de enero de 2017

H. Peeters: Malva

Hagar Peeters: Malva.
De Bezijge Bij.


«Me llamo Malva Marina Trinidad del Carmen Reyes, para mis amigos de aquí Malvita; Malva para todos los demás. Puedo asegurar por supuesto que ese nombre no lo concebí yo. Lo hizo mi padre. Lo conoces, el gran poeta. Igual que titulaba sus poemas y poemarios, así me dio a mí un nombre. Pero nunca lo pronunció en público. Mi vida eterna empezó después de mi muerte en 1943 en Gouda. Mi entierro congregó a un puñado de gente. Muy diferente del funeral de mi padre, treinta años más tarde en Santiago de Chile».*

Así comienza la narración de Malva (2015), primera y aclamada novela de la poeta neerlandesa Hagar Peeters. Malva Marina nació en Madrid en 1934 y murió a los ocho años en los Países Bajos. Fue hija de Pablo Neruda, única y legítima, fruto de su matrimonio con Maria Hagenaar Vogelzang —alias, Maruca—, a quien conoció en Java.

Neruda y Maria Hagenaar
La niña padecía hidrocefalia. Mientras Lorca le ofrece sus “Versos en el nacimiento de Malva Marina”, su padre, el dador de nombres, escribe por carta: «Mi hija, o lo que yo denomino así, es un ser perfectamente ridículo, una especie de punto y coma».

En 1936, al estallar la Guerra Civil española, el poeta se despide de Maria y de esa cabeza henchida. No consta que volviera a verlas. Para entonces ha entablado relaciones con quien será su segunda esposa, Delia del Carril. Malva y su madre llegan a La Haya. Con los cheques que Neruda les envía no consiguen sobrevivir. Maria empieza a trabajar y pone a la niña al cuidado de los Julsing, una familia de Gouda. Visita a su hija una vez al mes en tren.

Malva Marina Reyes
Malva no llega a hablar ni a caminar, aunque emite ciertos sonidos, una especie de canto (¿en honor a su padre, el poeta? ¿En honor al segundo apellido de su madre, literalmente «canto de pájaro»?). Neruda, ocupado en embarcar exiliados españoles rumbo a Chile, desoye las llamadas de auxilio de Maria. Su crueldad respecto a ella fue terrible. La única amante sin un solo verso. La extranjera. La sin palabras. La sin afecto. Sin medios, sin dinero, el abandono al que se vio abocada fue total.

Cuando la niña fallece, Neruda no responderá al telegrama que le comunica su muerte. Por el resto de su vida, sellará a cal y canto su silencio sobre la existencia de Malva, que tampoco aparecerá en sus memorias oficiales. De este modo, el punto y comaMalva Marinaes empujado a la patria de los que nunca existieron, al limbo de los desterrados.

Sin embargo (¿cómo no? Como siempre), gira la historia: su tumba se descubre en 2004. Y Peeters visita, como su propio padre hiciera años atrás, Chile. Escucha en Isla Negra el nombre bello y olvidado: Malva, Malva. La hija de Neruda. Yo, Hagar, la hija de mi padre. El que asistió al funeral de Neruda mientras yo, en Holanda, gateaba. El que no me reconocería hasta mis once años.

Los poetas habitan las profundidades de su lengua y Peeters gobierna su idioma: es la elegida para a dar voz a Malva («Busco una mano que no se aleje de mí»*). Rigurosa y tenaz en la presentación de los hechos, despliega un texto revestido de cuchillas, una prosa que se agita como un látigo. Los sonidos de una niña enferma se transforman en frases largas y caleidoscópicas; en un discurso rotundo e infalible en su aparente tono infantil; en un espejo que refleja el incómodo hueco de un diente arrancado. Esas complejas oraciones y ese uso poético del idioma sirven a Malva para impresionar a su padre, pues con ellas le ofrece lo mejor de sí misma.

El más allá cobija igualmente a otros hijos rechazados, compañeros de juego de Malva: Oskar Matzerath (El tambor de hojalata), Lucia Joyce (hija de James) y Daniel Miller (hijo de Henry), lo que arrastra la cuestión de la ‘suerte moral’ (moral luck): ¿Son compatibles la creación y la fama con el ejercicio responsable de la paternidad? ¿Es excusable el abandono de un hijo en pos de una obra inmortal?

Los versos más tristes permanecieron bajo una lápida que se salvó de milagro: porque Maria Hagenaar abonó los derechos del enterramiento de su hija hasta 2003; y por declararse el camposanto en 1997 monumento municipal.

Cementerio Viejo de Gouda. Por cortesía de Manuel Montero

«Muerta estaba tal y como en vida parecía»*, dice Malva en la desoladora descripción de su muerte. Pocas cosas duelen tanto como la ausencia de amor, como no significar. Frente a la pasión (voluptuosa, débil, traicionera), ¿no se erigen en amables náyades la responsabilidad y el compromiso? Contradicciones morales. Alturas y bajuras. «Llegaré a él de todos modos, me aceptará de una u otra manera»*. Por encima del amor del padre, Malva persigue su reconocimiento. Captar su primer y último saludo. Su pasaporte a la memoria de los vivos. Porque «Toda mi bilis hace eco por el cielo»*.

¿Funcionará Malva en español? ¿Dibujará el mismo aullido, proyectará el mismo dolor, las mismas sombras? No es reto pobre traducir esta obra. El trabajo está en marcha y corre a cargo de Isabel Lorda Vidal. La editorial colombiana Rey+Naranjo tiene previsto publicarla el año próximo.

Mantengamos el alcance de su tiro. Nunca un punto y coma habló tan fuerte. Nunca un punto y coma dijo tanto.
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*Traducciones propias.

Versos en el nacimiento de Malva Marina
(Federico García Lorca, 1934)

¡Malva Marina, quién pudiera verte

delfín de amor sobre las viejas olas,
cuando el vals de tu América destila
veneno y sangre de mortal paloma!

¡Quién pudiera quebrar los pies oscuros
de la noche que ladra por las rocas
y detener al aire inmenso y triste
que lleva dalias y devuelve sombras!

El elefante blanco está pensando
si te dará una espada o una rosa;
Java, llamas de acero y mano verde,
el mar de Chile, valses y coronas.

Niñita de Madrid, Malva Marina,
no quiero darte flor ni caracola;
ramo de sal y amor, celeste lumbre,
pongo pensando en ti sobre tu boca.


Autopista
(Joan Margarit, Cálculo de estructuras, Visor, 2005)

Empieza a anochecer, y en el coche la voz
grabada de Neruda recita sus poemas.
Entre roncos camiones nuestros faros
se adentran en la lluvia. Parece que buscaran
a una niña olvidada en una tumba
y el poema que él nunca le escribió.
Ególatra y patético, mi héroe
¿llegó a sentir alguna madrugada
que amar no es escribir cantos de amor?
Pobre Neruda, pobre gran poeta
llorando bajo tierra por la niña
que le esperó en un viejo cementerio
en los campos violeta y amarillos de Holanda.
Los poemas la ocultan como a un pájaro muerto
que el viento va cubriendo de hojarasca.

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Peeters, Hagar. Malva. De Bezijge Bij, 2015. 239 páginas.


Reseña publicada en Las Críticas (último número):

 
Hagar Peeters (Ámsterdam, 1972). Escritora y poeta holandesa, doctorada cum laude en Historia de las culturas y las mentalidades. Ha escrito seis libros de poemas y merecido, entre el 2002 y 2005, los tres premios nacionales más importantes de poesía. Malva es su primera novela y con ella ha ganado el premio Fortis Literatura 2016. Vive en Ámsterdam.

31 de diciembre de 2016

Selección "Fin de Año"


Y ahora sí (muchas horas de lectura no le quedan a 2016), estas son las obras que más profundamente han señalado mi año:

1. Patria, de Fernando Aramburu. Sacudida. Qué llantos. Me explayé sobre ella en una entrada previa, así que no me repito. (Para quien guste, aquí)


2. Malva, novela de la neerlandesa Hagar Peeters. Habla la hija de Neruda. La reseña está escrita y pronto aparecerá en Las Críticas.


3. Marina Tsvietáieva. Cualquier obra (preferentemente, todas). La producción literaria de esta poeta rusa (diarios, ensayos, teatro, epistolarios; poesía —por supuesto—) es refugio y muestra de su drama y genialidad auténtica. En algún momento del año próximo escribiré sobre ella.


Dicho lo cual:
Que comiencen 2017 con buen pie... y se golpeen lo menos posible contra libros que no merezcan su pena. 

16 de diciembre de 2016

A. García-Villalba: Homoconejo


Alfonso García-Villalba: Homoconejo.
E.d.a. libros. Colección Los días terrestres.


Murcia es la provincia española en la que nunca he puesto las piernas. Nada de lo que allí acontece —sus polígonos industriales, la calina suspendida, su aura hortícola— tiene en mi cabeza parámetros demostrables, visos de realidad. Santo Tomás.

Cierto es que en mi boca baila una gota dulce de sangre derramada por algunas muestras —meritorias— de literatura murciana. Pero Murcia, al fin y al cabo, luce (para mí) en el centro de un laberinto, ocupando una dimensión misteriosa y lejana.

«Según M, escribir consiste básicamente en empezar a usar palabras y comprobar adónde puedes ir con ellas. Algo así como lanzarse a ver qué pasa. [...] El proceso de escritura hace que la idea se adapte a la realidad y a los medios con que se cuenta».

Querido credo:
No estoy en desacuerdo
con lo entrecomillado.

El laberinto «… es una caja donde todo el sentido se impregna de duplicaciones, bifurcaciones, un lugar donde el vórtice espacio-temporal arma su juego insano de repeticiones esquizoides». Homoconejo encierra cine, arte, alteraciones perceptuales; sentidos y contrasentidos; deseo-líquido-amniótico; «una gramática onírica»; vínculos intergalácticos.

Un lepórido antropomorfo guía el paso por el mundo-madriguera. Dédalo el proyectista: arquitectura maciza. La realidad enredada. Un relato esquizorrealista «donde no hay moraleja».

Busquen a este lagomorfo. Ingerido antes de dormir pondrá en jaque su vida onírica. Evocarán ese sexo, «pálido y profundo». Y lo que es mejor: dudarán de todo.

7 de noviembre de 2016

NOTAS CRUDAS: Patria


Fernando Aramburu: Patria.
Tusquets Editores.


                                           En el punto de mira 
                                           la sospecha
                                           de la no pertenencia
                                           y su impúdica
                                                  inmoral
                                           liberación.

No sé bien cómo empezar estos comentarios. Terminé la novela hace un par de semanas y la emoción me pudo en varios momentos. No he querido, sin embargo, escribir desde el dolor, la pena, el enfado, la perplejidad o la rabia. Decidí reposar lo leído y zambullirme en otras obras. Me gustaría lograr un tono neutro, telegráfico casi, desprovisto en todo caso de afección y sentimentalismo. Por ello estas ‘Notas crudas’; no se me ocurre otro encabezamiento. Seguiré el orden en el que fueron tomadas en los márgenes del libro, agregando los pensamientos generados que sea capaz de recordar. Escribo para aquilatar la memoria, pero sobre todo para vencer miedos. Cada palabra que escribo supera un temor.

·       Mi biografía está marcada por dos latitudes, dos horizontes, y por dos versiones de la misma lengua. En ambos parajes: seres humanos, con sus virtudes y defectos.
·       Me gusta cómo practica Bittori su «ateísmo silencioso» sentándose en la iglesia. Yo también suelo hacerlo. Se observan cosas extrañas en las iglesias.
·       Mi abuela también me llevaba de niña a la iglesia de los capuchinos, camino de la estación, a las afueras de su pueblo. En aquella estación mi abuelo había sido ferroviario. En la iglesia saludábamos al padre Benjamín, a quien la familia debía algún favor. Mi abuela vivía en un pueblo del valle de la Burunda. Un pueblo envenenado, como tantos otros pueblos.
·       Dice Bittori a su marido muerto: «Ya no soy como cuando vivías. Me he vuelto mala. Bueno, mala no. Fría, distante. Si resucitas, no me reconoces». La crueldad y la violencia provocan todo tipo de amputaciones y una es esta: una nueva piel que raspa las propias manos, cuya existencia no se puede negar.
·       Lo que yo entendía por liberación en ese lugar es el antónimo de lo que los libertadores pretenden: un lugar libre de nacionalismos y, sobre todo, de comecocos y lavacerebros.
·       Mi abuelo tenía una cabaña en una huerta, como Joxian. La llamábamos “la chabola”. Me ha gustado recordar esa palabra. Me ha traído muchas horas de juego, con azadas, cuchillos y utilería labradora varia, a la memoria.
·       «...le parecía que, más que enterrar al Txato, lo estaban escondiendo». Los seres humanos tenemos finas antenas para captar el desprecio. No es difícil hacer que el otro se avergüence y arrepienta… incluso de estar muerto.
·       Hombres que fuman, beben y juegan a las cartas. Hombres de olor rancio, portadores de boina y barriga.
·       Bittori comprende que Miren, como madre, se fanatice por su hijo.
·       «Te prohíbo que seas injusto». Qué grande esta frase. Derrota lo conocido por todos —que la vida no es justa— y le da la vuelta: ahí queda lo que cada cual puede hacer según su conciencia. «Sé justo, sé honrado, sé íntegro pase lo que pase, digan lo que digan». Nadie puede lograrlo a cada instante, qué sería entonces de nuestra imperfección humana. Por eso me gusta que Xabier se llame a sí mismo «gilipollas» mientras vacía su botella de coñac.
·       Xabier, Gorka y Arantxa son los personajes con los que más he conectado. En Arantxa y Gorka hay pensamiento razonado, miran a su alrededor, extraen conclusiones y actúan en consecuencia. No así Nerea, que pasa de abertzale a rechazada sin reflexión de por medio.
·       Gorka y sus lecturas. Conmovedor con su Dostoievski. O cuando dice: «A mí, de esta sumisión, sólo me sacarán un cambio de aires y estudiar».
·       Qué brutal contraste entre la compasión y la racionalidad de unos y la crueldad fanática de otros.
·       La paz, el perdón (sin que los asesinos pidan disculpas ni muestren arrepentimiento), el fin del conflicto. Tergiversación cobarde e interesada. El abandono de las armas (que ETA ni siquiera ha entregado) sólo significa que, entre todos los golpes que continúan sonando, no estará el de los disparos.
·       Porque todo lo demás sigue intacto. ¿Indicios de cambio? ¿Qué ha cambiado? Miremos lo acontecido en Alsasua hace escasas semanas. Insultan, ridiculizan, censuran, acosan, agreden. Paz desde el odio. Mientras ser radical sea la norma, nada cambiará. Mientras continúe la manipulación infantil, el odio seguirá vivo y multiplicándose.
·       La infancia. Empecemos por la infancia, esa carne dúctil que hacemos fácilmente nuestra. Bailemos todos el mismo baile, cantemos los mismos himnos, con la misma letra. Celebremos la libertad de pensar y comportarnos de la misma manera. Porque así somos. Aita, ama, apoyadnos. El silencio, la cobardía, el consentimiento cómplice. El dañino imperio del grupo-cuadrilla. Sus lapidarias sentencias. «Aupa, fotógrafo». En la novela, el recibimiento que se hace en el pueblo al excondenado expresa muy certeramente todo esto.
·       Una banda terrorista que, en democracia, recibe tan enorme apoyo social… ¿Cómo es posible? ¿Son seres raros, sus adeptos? ¿O lo extraño es no serlo?
·       Tantos actos patrióticos financiados por todos…
·       «En un país como este lo mejor es callar».
·       Me gusta cómo van naciendo las dudas en Joxe Mari durante su periodo carcelario. Resulta convincente su abandono de ETA. «… así conocerá la soledad que ayuda a los hombres a volverse serenos y reflexivos».
·       Qué terribles pueden ser las madres con las nueras. Y qué mujeres más cabezotas hay en esta obra. No puedo evitar reconocerlas.
·       Exclusión, desprecio, deshumanización del otro… La defensa de una identidad nacional no es compatible con la libertad individual (ni con el respeto a ella).
·       Identidad, cultura, lengua… Veo difícil reconocer la singularidad de los demás sin dinamitar, racionalmente, estos conceptos. La identidad y la cultura se encuentran en permanente evolución (porque se construyen). Y la lengua debería ser un instrumento para la comprensión del mundo. Un instrumento que favoreciera precisamente la comunicación y el entendimiento con el otro, que no puede sino ser un otro diverso.
·       Nadie se lee el poema premiado de Gorka. Cuánto dice este detalle del nivel cultural y de la (nula) apreciación del logro individual o artístico.
·       La educación contra lo borreguil, contra la ingenuidad. ¿Ocurre así?
·       Cómo ha rechinado el castellano del norte siempre en mis oídos. Criticaban, sin embargo, el acento andaluz. Un desprecio basado en una asumida superioridad. Pero una superioridad basada en qué. Ser boliviano, nepalí o keniata no era molesto. Ser español —te definen ellos— sí.
·       Los saltos de tercera a primera persona son una genialidad en Patria. La narración como encaje de bolillos al servicio del fluir de la historia y la naturalidad de los personajes.
·       Capítulo de “Vascos asesinos”. Perdimos alguna antena durante nuestras vacaciones con coche matrícula NA en Andalucía. Podía suceder. Como también podía suceder que un familiar llamara «etarra, vasca mala» a una niña de cinco años cuando ella hacía alguna travesura.
·       El uso del escritor que interviene en el encuentro de víctimas del terrorismo me parece un excelente recurso autocrítico y metaliterario. Perfecto cameo si algún día hay película.
·       Destaco dos momentos que para mí resultaron especialmente lacrimosos: la aparición de Miren, Joxian y Arantxa en la boda de Gorka; la reacción de Joxe Mari al ver las fotos de su hermana Arantxa. Nada tuvieron que ver con el nacionalismo.
Patria: obra mayor, cumbre, redonda; retrato de una sociedad roída por un delirio peligroso; con unos personajes provistos de una despellejada humanidad.

* A mi padre.

30 de octubre de 2016

S. Orne Jewett: La tierra de los abetos puntiagudos

Sarah Orne Jewett: La tierra de los abetos puntiagudos.
Dos Bigotes. Traducción de Raquel G. Rojas.

«El aire era puro y una no podía desear otra cosa que convertirse en ciudadana de un continente tan diminuto pero completo como aquella tierra de pescadores». 


A veces juzgo un libro por su capacidad para comportarse como un bizcocho de Proust, también llamado por otros bollo, tostada o magdalena. Sé que no estoy en lo universalmente cierto (la ambición de comunión: un delirio), pero una mala obra, amén de tiempo perdido, poco deja en mí.

No fue el caso de esta novela de la norteamericana Orne Jewett (1849-1909), de la que hasta ahora no se ha publicado nada más en castellano. Por su brevedad, unas 160 páginas, en algunas ediciones en lengua inglesa se divulga como novela corta junto con otros relatos de la autora (The country of the pointed firs and other stories).

Publicada en 1896, narra el verano de una escritora en la villa imaginaria de Dunnet Landing, situada en la agreste costa de Maine. Allí, rodeada de calma y de un paisaje sublime, entabla relación con un puñado de inolvidables personajes.

Desde la melancolía que imprime el adiós que se acerca, Orne Jewett plasma con sencillez y arte invisible la vida normal, esa que brilla sin pompa ni pretensiones. Su capacidad para el retrato social y psicológico resulta portentosa. Los personajes muestran un rico interior, a la vez que un sentido de comunidad lleno de empatía y profundos sentimientos.

La tierra de los abetos puntiagudos es un libro de ritmos suaves y prosa perfecta. Una obra que invita al placer de la pausa. Una novela cargada de vivos afectos.