7 de noviembre de 2016

NOTAS CRUDAS: Patria


Fernando Aramburu: Patria.
Tusquets Editores.


                                           En el punto de mira 
                                           la sospecha
                                           de la no pertenencia
                                           y su impúdica
                                                  inmoral
                                           liberación.

No sé bien cómo empezar estos comentarios. Terminé la novela hace un par de semanas y la emoción me pudo en varios momentos. No he querido, sin embargo, escribir desde el dolor, la pena, el enfado, la perplejidad o la rabia. Decidí reposar lo leído y zambullirme en otras obras. Me gustaría lograr un tono neutro, telegráfico casi, desprovisto en todo caso de afección y sentimentalismo. Por ello estas ‘Notas crudas’; no se me ocurre otro encabezamiento. Seguiré el orden en el que fueron tomadas en los márgenes del libro, agregando los pensamientos generados que sea capaz de recordar. Escribo para aquilatar la memoria, pero sobre todo para vencer miedos. Cada palabra que escribo supera un temor.

·       Mi biografía está marcada por dos latitudes, dos horizontes, y por dos versiones de la misma lengua. En ambos parajes: seres humanos, con sus virtudes y defectos.
·       Me gusta cómo practica Bittori su «ateísmo silencioso» sentándose en la iglesia. Yo también suelo hacerlo. Se observan cosas extrañas en las iglesias.
·       Mi abuela también me llevaba de niña a la iglesia de los capuchinos, camino de la estación, a las afueras de su pueblo. En aquella estación mi abuelo había sido ferroviario. En la iglesia saludábamos al padre Benjamín, a quien la familia debía algún favor. Mi abuela vivía en un pueblo del valle de la Burunda. Un pueblo envenenado, como tantos otros pueblos.
·       Dice Bittori a su marido muerto: «Ya no soy como cuando vivías. Me he vuelto mala. Bueno, mala no. Fría, distante. Si resucitas, no me reconoces». La crueldad y la violencia provocan todo tipo de amputaciones y una es esta: una nueva piel que raspa las propias manos, cuya existencia no se puede negar.
·       Lo que yo entendía por liberación en ese lugar es el antónimo de lo que los libertadores pretenden: un lugar libre de nacionalismos y, sobre todo, de comecocos y lavacerebros.
·       Mi abuelo tenía una cabaña en una huerta, como Joxian. La llamábamos “la chabola”. Me ha gustado recordar esa palabra. Me ha traído muchas horas de juego, con azadas, cuchillos y utilería labradora varia, a la memoria.
·       «...le parecía que, más que enterrar al Txato, lo estaban escondiendo». Los seres humanos tenemos finas antenas para captar el desprecio. No es difícil hacer que el otro se avergüence y arrepienta… incluso de estar muerto.
·       Hombres que fuman, beben y juegan a las cartas. Hombres de olor rancio, portadores de boina y barriga.
·       Bittori comprende que Miren, como madre, se fanatice por su hijo.
·       «Te prohíbo que seas injusto». Qué grande esta frase. Derrota lo conocido por todos —que la vida no es justa— y le da la vuelta: ahí queda lo que cada cual puede hacer según su conciencia. «Sé justo, sé honrado, sé íntegro pase lo que pase, digan lo que digan». Nadie puede lograrlo a cada instante, qué sería entonces de nuestra imperfección humana. Por eso me gusta que Xabier se llame a sí mismo «gilipollas» mientras vacía su botella de coñac.
·       Xabier, Gorka y Arantxa son los personajes con los que más he conectado. En Arantxa y Gorka hay pensamiento razonado, miran a su alrededor, extraen conclusiones y actúan en consecuencia. No así Nerea, que pasa de abertzale a rechazada sin reflexión de por medio.
·       Gorka y sus lecturas. Conmovedor con su Dostoievski. O cuando dice: «A mí, de esta sumisión, sólo me sacarán un cambio de aires y estudiar».
·       Qué brutal contraste entre la compasión y la racionalidad de unos y la crueldad fanática de otros.
·       La paz, el perdón (sin que los asesinos pidan disculpas ni muestren arrepentimiento), el fin del conflicto. Tergiversación cobarde e interesada. El abandono de las armas (que ETA ni siquiera ha entregado) sólo significa que, entre todos los golpes que continúan sonando, no estará el de los disparos.
·       Porque todo lo demás sigue intacto. ¿Indicios de cambio? ¿Qué ha cambiado? Miremos lo acontecido en Alsasua hace escasas semanas. Insultan, ridiculizan, censuran, acosan, agreden. Paz desde el odio. Mientras ser radical sea la norma, nada cambiará. Mientras continúe la manipulación infantil, el odio seguirá vivo y multiplicándose.
·       La infancia. Empecemos por la infancia, esa carne dúctil que hacemos fácilmente nuestra. Bailemos todos el mismo baile, cantemos los mismos himnos, con la misma letra. Celebremos la libertad de pensar y comportarnos de la misma manera. Porque así somos. Aita, ama, apoyadnos. El silencio, la cobardía, el consentimiento cómplice. El dañino imperio del grupo-cuadrilla. Sus lapidarias sentencias. «Aupa, fotógrafo». En la novela, el recibimiento que se hace en el pueblo al excondenado expresa muy certeramente todo esto.
·       Una banda terrorista que, en democracia, recibe tan enorme apoyo social… ¿Cómo es posible? ¿Son seres raros, sus adeptos? ¿O lo extraño es no serlo?
·       Tantos actos patrióticos financiados por todos…
·       «En un país como este lo mejor es callar».
·       Me gusta cómo van naciendo las dudas en Joxe Mari durante su periodo carcelario. Resulta convincente su abandono de ETA. «… así conocerá la soledad que ayuda a los hombres a volverse serenos y reflexivos».
·       Qué terribles pueden ser las madres con las nueras. Y qué mujeres más cabezotas hay en esta obra. No puedo evitar reconocerlas.
·       Exclusión, desprecio, deshumanización del otro… La defensa de una identidad nacional no es compatible con la libertad individual (ni con el respeto a ella).
·       Identidad, cultura, lengua… Veo difícil reconocer la singularidad de los demás sin dinamitar, racionalmente, estos conceptos. La identidad y la cultura se encuentran en permanente evolución (porque se construyen). Y la lengua debería ser un instrumento para la comprensión del mundo. Un instrumento que favoreciera precisamente la comunicación y el entendimiento con el otro, que no puede sino ser un otro diverso.
·       Nadie se lee el poema premiado de Gorka. Cuánto dice este detalle del nivel cultural y de la (nula) apreciación del logro individual o artístico.
·       La educación contra lo borreguil, contra la ingenuidad. ¿Ocurre así?
·       Cómo ha rechinado el castellano del norte siempre en mis oídos. Criticaban, sin embargo, el acento andaluz. Un desprecio basado en una asumida superioridad. Pero una superioridad basada en qué. Ser boliviano, nepalí o keniata no era molesto. Ser español —te definen ellos— sí.
·       Los saltos de tercera a primera persona son una genialidad en Patria. La narración como encaje de bolillos al servicio del fluir de la historia y la naturalidad de los personajes.
·       Capítulo de “Vascos asesinos”. Perdimos alguna antena durante nuestras vacaciones con coche matrícula NA en Andalucía. Podía suceder. Como también podía suceder que un familiar llamara «etarra, vasca mala» a una niña de cinco años cuando ella hacía alguna travesura.
·       El uso del escritor que interviene en el encuentro de víctimas del terrorismo me parece un excelente recurso autocrítico y metaliterario. Perfecto cameo si algún día hay película.
·       Destaco dos momentos que para mí resultaron especialmente lacrimosos: la aparición de Miren, Joxian y Arantxa en la boda de Gorka; la reacción de Joxe Mari al ver las fotos de su hermana Arantxa. Nada tuvieron que ver con el nacionalismo.
Patria: obra mayor, cumbre, redonda; retrato de una sociedad roída por un delirio peligroso; con unos personajes provistos de una despellejada humanidad.

* A mi padre.

30 de octubre de 2016

S. Orne Jewett: La tierra de los abetos puntiagudos

Sarah Orne Jewett: La tierra de los abetos puntiagudos.
Dos Bigotes. Traducción de Raquel G. Rojas.

«El aire era puro y una no podía desear otra cosa que convertirse en ciudadana de un continente tan diminuto pero completo como aquella tierra de pescadores». 


A veces juzgo un libro por su capacidad para comportarse como un bizcocho de Proust, también llamado por otros bollo, tostada o magdalena. Sé que no estoy en lo universalmente cierto (la ambición de comunión: un delirio), pero una mala obra, amén de tiempo perdido, poco deja en mí.

No fue el caso de esta novela de la norteamericana Orne Jewett (1849-1909), de la que hasta ahora no se ha publicado nada más en castellano. Por su brevedad, unas 160 páginas, en algunas ediciones en lengua inglesa se divulga como novela corta junto con otros relatos de la autora (The country of the pointed firs and other stories).

Publicada en 1896, narra el verano de una escritora en la villa imaginaria de Dunnet Landing, situada en la agreste costa de Maine. Allí, rodeada de calma y de un paisaje sublime, entabla relación con un puñado de inolvidables personajes.

Desde la melancolía que imprime el adiós que se acerca, Orne Jewett plasma con sencillez y arte invisible la vida normal, esa que brilla sin pompa ni pretensiones. Su capacidad para el retrato social y psicológico resulta portentosa. Los personajes muestran un rico interior, a la vez que un sentido de comunidad lleno de empatía y profundos sentimientos.

La tierra de los abetos puntiagudos es un libro de ritmos suaves y prosa perfecta. Una obra que invita al placer de la pausa. Una novela cargada de vivos afectos.

21 de octubre de 2016

M. Waltari: La gran ilusión


Mika Waltari: La gran ilusión.
Gallo Nero. Traducción de Luisa Gutiérrez.


«¡Ojalá pudiéramos saber cuánto dolor se oculta bajo todos los rostros sonrientes!».

Regresar a Waltari me ha hecho feliz. Desde el monumental Sinuhé, el egipcio, no lo visitaba. Él a mí, sin embargo, sí: muchas de las tribulaciones del imperfecto buen Sinuhé siguen conmigo. La literatura —cuando lo es— remuerde la memoria.

Mika Waltari (Helsinki, 1908-1979) fue uno de los mayores escritores de su tiempo, y uno de los autores finlandeses más prolíficos. La gran ilusión fue su primera novela (el primero de sus viajes). Waltari sólo tenía diecinueve años.

Entre París y Helsinki, dos hombres y una mujer componen un triángulo de fuegos y renuncias sustentado por el dolor real de la vida. Son los años veinte, con su bohemia, sus adicciones y su horadado optimismo. El tango, la juventud, los comienzos del cine; Waltari es testigo fiel de un tiempo pródigo en ilusiones. «¿No es maravillosa la época en que todas las penas se pueden disipar con solo referirse al futuro?».

«Era joven, era vital, era dueño de mí mismo. La sensación de estar vivo se precipitó como una ola sobre mí».

Suomi, Finland. Región de abetos y frío, tierra del Kalevala. Con Sibelius dándole forma. Aprendí poco de su lengua —nasal y esdrújula— durante mi par de visitas. Avión, teléfono, iglesia. Lentokone, puhelin, kirkko. Hola. Hey. El silencio del aeropuerto. La cabaña de nuestras últimas noches. Noches en las que pasaron cosas. Nadie dice "exfamilia". Pero entonces, de qué palabra valerse, de qué expresión disponer. 

Oposiciones.

29 de septiembre de 2016

H. Melville: Moby Dick


Herman Melville: Moby Dick.
Penguin Clásicos. Traducción de Enrique Pezzoni. Introducción de Andrew Delbanco.

«Y en ese inefable esperma lavé mis manos y mi corazón».

Lo protegí a muerte en las tempestades. Las páginas se iban volviendo húmedas, el lápiz apenas dejaba marcas, temí perderlo en muchos barcos. Pero Moby Dick sobrevivía día a día, como infectado por el tesón y la furia del capitán Ahab.

Cómo hablar de una obra de la que no se debe hablar. «Moby Dick es un libro letal, hostil a toda convención, del que jamás debería hacerse un retrato». De acuerdo. Y sin embargo, Moby Dick es un clásico que llevamos más de siglo y medio interpretando.

«Agua y meditación siempre han estado unidas», afirma Melville/Ismael. El cachalote blanco, el Pequod y la inmensidad del mar. El pez volador y el pez amarrado. Lo justo y lo injusto, nuestros horrores y glorias, el miedo, el valor, la locura.

Viajar cansa, desear cansa, vivir cansa, y poco puede hacerse por remediarlo, salvo dejarse arrastrar por el instinto de supervivencia, que encuentra energía bajo las piedras (o sobre los tablones del mar).

Ellas son inofensivas (las yubartas). Mientras las observaba, me invadió un pensamiento: de este mundo hay que irse. Frente a hospitales y entubaciones, allí están ellas, allí está el agua. Hay formas bellas de morir.